«Escenas de cine mudo», de Julio Llamazares: lo efímero de los recuerdos dolorosos | #MundoLiterario

Nuestra compañera Irene Muñoz Serrulla reseña «Escenas de cine mudo», de Julio Llamazares. Aferrándose al

  • Nuestra compañera Irene Muñoz Serrulla reseña «Escenas de cine mudo», de Julio Llamazares.
  • Aferrándose al pasado como la base del presente, este libro nos hace viajar entre remembranzas y espejismos, propios de una película, por los primeros años de vida del autor.

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Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955), poeta, narrador y articulista, dijo en una entrevista que «desde el origen del hombre está la necesidad de contar y de que te cuenten historias» (Espéculo. Revista de estudios literarios, 1999). Y eso es lo que él hace en su Escenas de cine mudo. Apoyándose en veintiocho recuerdos fotográficos, que recibe tras la muerte de su madre, nos cuenta, y se recuenta a sí mismo, las vivencias, sus vivencias reales e imaginadas, del narrador, Julio, en su infancia.

Cada uno de estas veintiocho evocaciones, veintiocho imágenes que sirven para hilvanar el recuerdo de un niño, ahora narrador adulto, que avanza por la historia entre la vida familiar, la iglesia, los juegos, la escuela, los primeros amores… hasta llegar al momento actual, en el que la proyección de estas imágenes, silentes en su memoria, le permiten describir sus Escenas de cine mudo. Aferrándose al pasado como la base del presente, nos hace viajar entre remembranzas y espejismos, propios de una película, por los primeros años de vida de Julio, un niño que vive en un pueblo minero, Olleros. Con lo que eso implica en la memoria infantil. Recuerdos de imágenes sueltas, voces, palabras… recuerdos contaminados por las imágenes que quedan grabadas por las imágenes de la televisión, por los sonidos de la radio…

Escenas de cine mudo es una calmada novela protesta. El autor reivindica la dura situación de las personas que vivían en pueblos mineros que, a base de sacrificio, penurias y lágrimas, lograban sacar adelante sus vidas y las de los suyos (aunque por el camino, las explosiones de grisú y las enfermedades pulmonares dejaran víctimas que pasaban a ser parte de los recuerdos). A través del uso de símbolos (por ejemplo, el uso de la nieve y el frío para representar el sufrimiento: «… me trae el recuerdo de aquellos días de invierno de mis once y doce años, cuando para ir a Sabero, que era donde ya estudiaba, pues había comenzado el bachiller, me levantaba temprano y, por esa carretera, andaba los tres kilómetros que tenía desde Olleros, muchas veces con la nieve a la cintura», pág. 61) y de una narración musical (por poética), el autor quiere ofrecernos la cara más sentimental de los recuerdos del narrador; su intimidad en los recuerdos que esas fotografías despiertan. También el uso de las repeticiones y de las frases cortas quiere servir para hacer que el lector no pueda avanzar velozmente por los capítulos, sino que nos veamos obligados a leer con detenimiento, con las pausas marcadas por el autor, para así poder saborear esos sentimientos que Julio comparte con nosotros. Lentamente. Como avanzan sus memorias.

Escenas de cine mudo, «Como la nieve» (pág. 219), es una llamada de atención a lo efímero de nuestros recuerdos dolorosos; aquellos que dan forma a nuestro carácter, aquellos que, voluntaria o involuntariamente, olvidamos con la misma facilidad con la que la nieve al derretirse hace desaparecer las sucias pisadas del paso del tiempo.

Autora de la reseña: Irene Muñoz Serrulla

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DATOS DE LA EDICIÓN:

Escenas de cine mudo

Julio Llamazares

Seix Barral

Isbn: 978-84-322-0701-3

221 págs.

 

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