Luisge Martín y «La misma ciudad» (Anagrama) | RESEÑAS UNIVERSALES

No existen para ti otras tierras, otros mares. Esta ciudad irá donde tu vayas. Recorrerás

No existen para ti otras tierras, otros mares.

Esta ciudad irá donde tu vayas.

Recorrerás las mismas calles siempre

Luisgé Martín - La misma ciudadHace poco, en este mismo lugar, hice una reseña de un libro en el que el protagonista, un abogado londinense, se marcha a trabajar a Moscú porque se había adentrado en la zona de decepción del treintañero, “…la época en que el ímpetu y la ambición empiezan a desvanecerse y los padres de los amigos empiezan a morirse”. En la novela que ahora nos ocupa, al protagonista le ataca la crisis de los cuarenta y, según él, “…en su existencia solo había ya acontecimientos sin emoción y rutinas confortables”.

¿Cuál era su situación? Vivía en Nueva York en un apartamento al lado de Central Park. Tenía una pequeña casa en Long Island para pasar allí las temporadas de vacaciones. Estaba casado y tenía un hijo. Tenía buena reputación profesional: era abogado, y tenía una situación financiera desahogada. “La vida de Moy –así se llama el protagonista- se convirtió en un transcurso plácido e insustancial. Tenía casi todo lo que un hombre de su posición puede desear, pero ahora que lo había conseguido no comprendía muy bien cuáles eran sus provechos.

Manhattan_park_Central_Park1El protagonista se encuentra “…en esa edad mediana y taciturna, a los cuarenta o cuarenta y cinco…” y comprende que la vida “…no deja tiempo a nadie para enmendar los errores cometidos o para emprender otros rumbos diferentes de los que en algún momento se eligieron”. El pensamiento que dominaba su vida: “…a los cuarenta, en suma, la felicidad se convierte en un asunto que concierne solamente a los demás”, se ve potenciado cuando, viniendo de nadar dos horas en la piscina, se encuentra a la salida de un restaurante de moda a uno de sus grandes amigos de la adolescencia, Albert Fergus. Era la noche del lunes 10 de septiembre de 2001.

Albert le cuenta, casi sin resuello, su vida desde que en los primeros cursos universitarios fue expulsado de la universidad por rebelde y bohemio: viajes por EEUU y México, drogas alucinógenas, convivencia con indígenas y mujeres bellísimas, una temporada viviendo en una cueva en el desierto,  una comuna de monjes budistas en San Diego, boxeo profesional para pagar deudas, etc. Había triunfado escribiendo temas sobre ciencia ficción y, a consecuencia de ello, la Metro Goldwyn Mayer le había contratado como guionista, primero, y como jefe de guionistas, después. Posteriormente se ocupaba de coordinar a los libretistas en algunas series televisivas de éxito y de buscar talentos jóvenes.

Brandon Moy contempló, durante todo ese tiempo, a Fergus con un gesto bobo y melancólico, como si frente a sus ojos estuvieran ocurriendo todos los prodigios que su amigo contaba.

Cuando llega a su casa, cena con su mujer y se queda a medianoche recordando “…una vez más los afanes que tuvo en su juventud, los grandes prodigios que había esperado de la vida”. Acababa de cumplir cuarenta y un años. Antes de entrar en el dormitorio, se tomó un whisky y un somnífero.

Al día siguiente, 11 de septiembre de 2011, no logra levantarse a su hora habitual, las 6,30 de la madrugada, y no sale de su casa hasta las 8,30. Cuando va a coger el metro “…oyó un estampido: un traquido ahogado, seco. Una especie de desgarrón hecho sobre metal o sobre vidrio”.

Avion_torres-gemelas1En el trayecto hacia su trabajo, el convoy del metro apagó los motores y los empleados recorrieron los vagones obligando a los pasajeros a descender, comunicándole que “…una avioneta se ha estrellado contra una de las torres del World Trade Center…” y no podían seguir.

La agencia de servicios financieros para la que Brandon Moy trabajaba estaba en la planta 96 de la Torre Norte. Todos los trabajadores de Robertson&Millyander estarían muertos.

“La primera vez que se le pasó por la cabeza que aquel instante funesto podría ser la última ocasión que tuviera en su vida de hacer todo aquello que nunca se había atrevido a hacer –dormir en cuevas, tomar drogas, escribir poemas…”, fue a mediodía, cuando telefoneó de nuevo a su mujer, Adriana, para decirle que estaba vivo. Las líneas seguían cortadas, desconectadas por el exceso.

Aquí empieza una nueva vida para Brandon Moy, que incluso se cambia de nombre: Albert Tracy, acudiendo al mercado de las falsificaciones de documentos. Tracy era la chica que acompañaba a su amigo Fergus cuando se lo encontró y que le dijo jovialmente, refiriéndose a Albert: “Yo soy la chica que le desordena la vida en NY”

editorial-anagrama-trabalibros¿Y cómo le fue en su nueva vida? ¿Llegó a realizar todo lo que apuntó en una lista de ensoñaciones y desafíos: aprender francés, volver a tocar el saxofón, montar el globo, hacer submarinismo, estudiar antropología, viajar a Europa, participar en carreras automovilísticas, tener una relación homosexual, tomar drogas alucinógenas, navegar por alta mar, recibir lecciones de piano, practicar esgrima, aprender a bailar tangos, sambas y foxtrot…?

La novela, que no se divide en capítulos, – lo que le da un mayor dinamismo-, nos va a llevar de una forma frenética por la  vida de Albert Tracy y nos va a obligar a leerla de un tirón. Seguro que va a gustar a todos los que tengan la oportunidad de leerla. También la vida de Albert Fergus va a converger con la vida de Albert Tracy, aunque de una forma trágica.

Los versos de Cavafis que aparecen a comienzo de esta reseña, podrían completarse con estos otros del mismo autor:

“Nunca abandonarás esta ciudad. Ya para ti no hay otra
Ni barcos ni caminos que te libren de ella
Porque no solo aquí perdiste tu vida
En todo el mundo la desbarataste”

Autor de la reseña: Enrique Hernández Gómez-Arboleya

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EL AUTOR: LUISGÉ MARTÍN
Luisgé Martín (Madrid, 1962) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense y MBA por el Instituto de Empresa. Ha publicado los libros de relatos Los oscuros (1990) y El alma del erizo (2002); y las novelas La dulce ira (1995), La muerte de Tadzio (2000, galardonada con el Premio Ramón Gómez de la Serna), Los amores confiados (2005) y Las manos cortadas (2009). Ha obtenido el Premio Antonio Machado de relatos en 2009, el Premio Vargas Llosa de relatos en 2012 y el Premio Llanes de Viajes en 2013. En Anagrama ha publicado La mujer de sombra, acogida como una obra maestra.

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