Ocho millones de maneras de morir | AGUJEROS NEGROS | MUNDO LITERARIO

La vida da dentelladas que te desgarran por dentro de una forma irreparable, llevándose partes

ochomillonesLa vida da dentelladas que te desgarran por dentro de una forma irreparable, llevándose partes de ti que nunca recuperas. Y durante esa acumulación de golpes que llamamos existencia, hay un momento en que te das cuenta de que levantarte cada mañana es una solemne tontería. Una estupidez, un gran sinsentido. Entonces comprendes que la única forma de soportar la imagen que te devuelve el espejo es verla a través de un vaso de alcohol.

Mathew Scudder, el protagonista de “Ocho millones de maneras de morir”, una obra maestra de Lawrence Block reeditada por RBA, dejó su vida colgada de la percha cuando el destino le transformó en verdugo. Y con ella abandonó su puesto en la policía, a su mujer y sus dos hijos, su casa en las afueras y la barbacoa de los domingos. Desertó. Aunque la verdadera traición hubiera sido quedarse, aparentando ser el mismo, continuar con la farsa, llorar bajo la máscara sonriente. Decidió esperar el final en soledad, como un apestado. Hay ocho millones de personas en Nueva York, ocho millones de maneras de morir. La suya es otra forma más.

Bebe bourbon , camuflado en café solo, para no pensar que es alcohólico. Vive en un hotel para no tener hogar y confirma que el mundo es un lugar absurdo y cruel en las páginas de sucesos del diario. De vez en cuando hace de detective,  aunque ni quiere ni tiene licencia, y únicamente para pagar las facturas. Una joven prostituta acude a él porque quiere dejar el oficio, pero es asesinada antes de poder lograrlo. Scudder se toma como algo personal descubrir al asesino. Y es personal porque lo necesita. Por tener la gratificante sensación de hacer algo justo entre la desolación de su día a día, por encontrar unas migajas de esperanza con las que intentar salvarse.

La complejidad y profundidad de Scudder le hacen ser uno de los personajes más interesantes y completos de la historia de la novela negra. Para mí, sin duda, el mejor. Ninguno ha logrado que me siente tan identificado, tan próximo. Ninguno ha conseguido emocionarme tanto como este borracho que se hunde aunque sigue luchando inútilmente contra le ley de la gravedad. Memorable la descripción de su recaída en el alcohol. Aunque para apreciarla en su plenitud hay que haber acabado entre el serrín del suelo de un sucio bar sin saber qué haces ahí ni cuantas copas te has tomado. Scudder no sabe muy bien por qué hace las cosas. Está lleno de contradicciones. Como tú. Como yo. Por eso no paro de asentir mientras leo cada página. Por eso cada vez que cierro este libro tengo la sensación de despedirme de un amigo. Uno que me enseñó hace tiempo que hay momentos en la vida en que lo único que se puede hacer es decirle al camarero: “Ponme otra”.

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