«Donde el silencio», Luisgé Martín | RESEÑAS UNIVERSALES

Hoy Enrique Hernández Gómez-Arboleya nos trae la reseña de un libro en el que se

Hoy Enrique Hernández Gómez-Arboleya nos trae la reseña de un libro en el que se retrata el silencio en múltiples facetas y sentidos. Estamos hablando de la nueva novela de Luisgé Martín, «Donde el silencio», editada en 2013 por Imagine Ediciones

donde-el-silencio-premio-llanes-de-viajes-2013-9788496715561Cuando miro la portada del libro, realmente leo, donde habita el silencio. El silencio que pretende presentar el autor no es la falta de ruido ni el sonido inarticulado y confuso más o menos fuerte. Creo que la intención del autor no es describir estos fenómenos físicos o fisiológicos. Su silencio es un silencio que va acompañado de soledad y, en muchos casos, de aislamiento y/o abandono. El lector no debe llevarse a engaño creyendo que se trata, por el Premio Llanes de Viajes que ha recibido, de un libro de viajes. En absoluto, se trata de un libro bastante más profundo. El territorio en el que se desarrollan las distintas acciones es el de  Los Ancares, una zona agreste situada en las provincias de León, Lugo y Asturias; pero podría desarrollarse en cualquier otro territorio de montaña del país.

En los agradecimientos, el autor nos dice que un libro de estas características está en buena medida escrita por los personajes que aparecen en él, que son personas de carne y hueso. En buena medida, estos personajes han contribuido a la transformación de las migraciones. La gente no va ya a las ciudades, vuelven de ellas. Quienes han perdido su trabajo y su casa saben que en el campo hay, al menos, comida.

Los relatos comienzan en la ciudad de Iquitos, en el Amazona peruano, “la ciudad más grande del mundo sin acceso terrestre, lo que le confiere una singularidad extraña”. Esta es la primera atracción que siente el autor: el aislamiento. En el viaje turístico que hace en barco por el Amazonas, “(…) apareció en la orilla, entre las raíces gigantesca de los árboles, un grupo de niños medio desnudos que se aseaban chapoteando en el agua”. La impresión que obtiene de esa visión es que los niños mostraban “(…) la verdadera alegría, ese sentimiento de curso raro que, cuando se da, nos protege de los males del mundo o nos aparta de ellos”. Este es el segundo mensaje del autor: la extraña alegría del que vive en la naturaleza primitiva. “¿Cómo era posible que una niña de una tribu indígena, que vivía en mitad de la naturaleza, apartada de las comodidades más elementales y de la mayoría de los bienes de la civilización, pudiera sentir alegría?«

llanesFrente a esta escena bucólica, nos enfrenta, inmediatamente, con la tristeza de la gran urbe: un viaje a Tokio y un viaje en metro –“era la hora de la salida del trabajo y los viajeros, con aspecto de oficinistas, regresaban a casa o iban a otra tareas. Tenían un gesto inanimado, exánime, con la vista fija en el cristal de sus pantallas”. “(…) parecían androides sin alma, máquinas ejecutando una representación mecánica e inconsciente”.

Nadie se salva del recuerdo de los paisajes bucólicos de su infancia: eran los tiempos en los que las familias corrientes gastaban sus vacaciones en las casas del pueblo porque no había dinero –ni ínfulas- para más.Todo aquel universo era mágico: los cerdos se revolcaban y gruñían, las vacas cada mañana daban su leche, las verduras que crecían en la tierra”.

Todo ha cambiado, «el paisaje se va apagando y en muchos lugares solo se escucha el silencio; pero no es fácil descubrir si esa quietud es la de la alegría”. Probablemente, para dar respuestas a estos interrogantes, el autor se embarca en un viaje por los pueblos y aldeas de Los Ancares. Lo primero que descubre es que la gran transformación que ha sufrido el mudo rural es la accesibilidad. La autovía y la mejora de la red de carretera de España ha permitido a cualquiera que tenga coche acceder a lugares que no hace muchos años eran casi inaccesibles: Se llega a la aldea sin haber salido realmente de la ciudad.

ancaresEn Pinarnegrillo, donde muchas casas están abandonadas, se le presenta la primera reflexión sobre el mundo rural: La soledad no puede estar hecha con el utillaje de la decadencia o de la deserción.

En Pinarnegrillo comienza un itinerario en el que se encuentra distintos tipos de silencio. Hay un silencio a tiempo parcial como el de Beni que sigue viviendo en Madrid pero regresa a su pueblo, Riba de Santiuste, todos los fines de semana para ocuparse del huerto y para velar el silencio de los montes. Cerca se encuentra Tobes, un pueblo en ruinas, donde el silencio se agranda: no es ya un silencio de seres humanos, sino de cuerpo de bronce: Un silencio limpio y bondadoso.

Vamos descubriendo más silencio, el silencio del abandono, como el de la aldea de Villarbón, un pueblo abandonado que estaba casi oculto a la vista, cubierto completamente de zarzas y de maleza. Distinto es este silencio al de Espinareda de Vega que está solo, en medio de la paz de la montaña, pero al mismo tiempo se puede llegar, en pocos minutos, a un lugar en el que escuchar la voz de la gente, la bulla del mundo. Es decir, la falta de silencio.

hotel-paradores-camino-de-santiago¿Qué busca el autor?  He llegado hasta esta comarca porque alguien me avisó hace no mucho tiempo de que allí había visto aún estampas ascentrales –o miserables, si se quiere usar otro punto de vista- de la España que busco, de una España primitiva y ensimismada. Aquí encontramos dos nuevos silencios: el de David, un exejecutivo de Barcelona, que vive al borde del camino –de Santiago- en un chamizo y no posee más que los donativos que le dan los peregrinos o la comida que le dan los vecinos. Mi vida es muy simple. No tengo luz, ni agua corriente. Me traslado a pie, me levanto temprano y cuando se hace de noche me voy a la cama. No tengo gastos; la comida que como es la que hay en la mesa. Es el silencio del anacoreta. El otro es Antonio que sufrió una experiencia extrasensorial que le apartó del mundo. Ha logrado encontrar una especie de dicha en su unión con los minerales, en el roce con la naturaleza. Antonio raya minerales en una gran vasija. Los minerales son vida desde hace años. Los usa para hacer pócimas que contengan toda la energía que hay en ellos. También con esos polvos minerales, Antonio compone sus cuadros, que tienen formas intuitivas y representan dimensiones sagradas. Es el silencio de la sensibilidad extrasensorial.

Sigue su búsqueda de silencios: Furela, donde en las calles ya puede adivinarse un silencio del descenso a los infiernos: bostas de vaca, desorden suciedad. Piornedo, donde en invierno cae junto a la nieve, el silencio. Y esos meses transcurren en la sombra, como la vida en las pallozas. El silencio del invierno.

coro aldeaCoro, una aldea con un puñado de casas y 8 habitantes. Uno de ellos es Lolo, un extremeño que emigró a Madrid y cansado del mundo civilizado buscó un lugar en Los Ancares donde fijar su vida. Su mujer no aguantó el silencio y el frío. No aguantó la soledad que se pega al cartílago de los huesos. El amor no fue suficiente para retenerla allí. Después se unió a Carmen, una chica de Lugo, que confiesa que ellos han vivido “el final de una etapa”. En los últimos años, Coro se ha transformado. Parte de su belleza antigua estaba ligada a la inaccesibilidad. Llegar hasta allí era difícil y ese estorbo del camino servía de preservación. Carmen, que vive con Lolo en una casa desastrada y menesterosa, dice que la vida es plácida y halagüeña aunque tengan privaciones.

Otro personaje, Elma, que vivió en San Pedro de Ernes, nos da otra clave de la edad de los silencios. Elma dice que aquellos años fueron los años más felices de su vida. No tenían electricidad y al pueblo no se podía llegar por carretera, había que atravesar el embalse de Salime en barca; pero ellos conservaban aún el brío juvenil. La ilusión de que todo iba a ser posible y de que ese mundo particular que querían construir en los bordes del otro mundo sería resplandeciente. Como les ocurre a todos, esas ensoñaciones de la juventud se fueron malogrando. Se disolvieron en los ácidos de la edad.

Nueva etapa en el Engertal, una aldea que en sus tiempos de esplendor llegaron a vivir 11 familias; hoy solo vive una. Por eso el pueblo, que conserva la belleza pintoresca de lo rural, tiene ese aire descuidado de los espacios íntimos, como las habitaciones que mantenemos desordenadas porque sabemos que nadie va a entrar en ellas.

Imagine EdicionesEn Robledo, al lado de El Engertal, se oyen gritos de niños en las casas, lo que resulta extraño y perturbador después de lo vivido a lo largo del viaje. La soledad parece incongruente con esos gritos alborotadores. El autor se pregunta si lo que anda buscando es un cementerio hermoso, un nicho levantado en piedra sillar y con tejado de pizarra. El silencio de los cementerios.

Lleva ya recorridas muchas poblaciones olvidadas, refugios en los que cada mañana, al salir el Sol, solo se escuchan los ruidos de la naturaleza y en los que a lo largo del día no ocurre nada. El paisaje, para alguien que vive en la ciudad, es un sobresalto incesante, pero para sus habitantes: A la belleza también se acaba uno acostumbrando.

Este no es un libro de alguien que ha visto la felicidad de la gente en su recorrido: “aún no se si viviré algún día en el Amazonas. Sé ya, sin embargo, que el Amazonas no existe”.

Autor de la reseña: Enrique Hernández Gómez-Arboleya

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EL AUTOR: LUISGÉ MARTÍN

Luisge_ Martín.2Luisgé Martín. Nacido en Madrid en 1962, es licenciado en Filología Hispánica y MBA. Ha publicado los libros de relatos Los oscuros (1990) y El alma del erizo (2002); y las novelas La dulce ira (1995), La muerte de Tadzio (2000, galardonado con el Premio Ramón Gómez de la Serna), Los amores confiados (2005), Las manos cortadas (2009), La mujer de sombre (2012) y La misma ciudad  (2013). Obtuvo el Premio Antonio Machado de relatos en 2009 y el Premio Vargas Llosa en 2012. Es un viajero incansable y colabora habitualmente en el suplemento de El País El viajero.

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