El «Rigor Vitae» de Ángel Guinda | #mundoliterario (Poesía)

Hoy presentamos el nuevo poemario de Ángel Guinda: «Rigor Vitae» (editorial Olifante). Una obra sobre

Hoy presentamos el nuevo poemario de Ángel Guinda: «Rigor Vitae» (editorial Olifante). Una obra sobre la angustia vital que genera este sistema mundial lleno de desigualdades entre fuertes y débiles.

image«Turbonada existencial del agonizante. Aterrados de estar vivos, escribir como se muere. Rezonga la maldición: ‘¿Por qué no me mato?’ Iré lo suficientemente lejos para no estar en este mundo, me quedaré lo suficientemente cerca para no perderme de vista. Rumio los hechos, traduzco los desechos, me hablo a dentelladas».

Así comienza «Rigor Vitae», el nuevo poemario de Ángel Guinda, con esta exclamación desesperada que proclama no ser «una poética», y que nos presenta en buen grado la desesperación vital y la ferocidad de la duda humana que se presenta en esta obra. «Estoy feliz conmigo mismo y soy feliz en mi vida privada», declaraba hace unos meses en una entrevista a propósito de este nuevo poemario, «pero me torturo al empatizar con los afectados por una situación de desgracia individual injusta, alarmante e impuesta por un sistema bestialmente egoísta, descerebrado e inculto que pretende hacerse fuerte esclavizando a los frágiles». Un sistema que puede hacer de la vida una condena, una tortura, un verdadero rigor del que el cuerpo y el alma necesitan escaparse.

«Harto de plantar cara a lo vacío / me he sentado de espaldas a los días», declara el poeta, como si esa negación de los días no fuera otra negación que la de la vida. Es una vida que no merece ser vivida, que ha perdido su carácter justo, que se ha transformado en un estertor intermitente, en una máscara horrible que oscurece el interior de las almas humanas. Porque este «Rigor vitae» es un soliloquio, un extenso discurso de un poeta que se debate entre ser pasto del horror y entre ser herramienta desarticuladora del mecanismo homicida de la vida. Porque en esta vida al servicio del sistema estar vivo implica sufrimiento, y el poeta pese a ser también víctima del dolor y la injusticia debe ser capaz de denunciar el salvajismo, de desertar de la barbaridad:

«¡Hablo en nombre de aquellos cuya vida es una encrucijada!

En nombre de quienes solo encuentran cruces a cada paso, espantan pájaros en cruz, cruceiros en su peregrinación.

Hablo en nombre de los que a duras penas avanzan rebotando entre cruces, apartando cruces, esquivando tumbas, atropellados por cruces.

¡Mujeres y hombres sin voz con los brazos en cruz!

Cruces andantes por los campos baldíos.

¡Hablo en nombre de los crucificados!

Soy una cruz.

¡Soy la crucifixion!

¿Cómo permanecer con los brazos cruzados viendo rodar el mundo con tanta cruz a cuestas?

Versos que nos recuerdan la constante contradicción entre la vitalidad y el padecimiento que conlleva («soy el teléfono que cuelga de una mano del aire. ¡El resucitado que muere definitivamente!»), entre la falsa paz de la civilización y la destrucción que se origina en su nombre. Porque esta paz se construye diariamente sobre los cadáveres de inocentes («Goya pintó los desastres de la guerra. Yo cantaré los horrores de la paz»). Una paz justificada por el fuerte frente al débil, por el rico frente al desposeído, que convierte en artificio esta sociedad plagada de desigualdades: «Yo que creí que el oro era sol enfriado en la tierra, veo en su brillo pálido las heces secas de la ordinariez».

Es una vida brutal que genera toneladas de muerte al día, y que debido al sufrimiento se convierte fácilmente en una cárcel, de la que el poeta debe saber escapar (al menos con mediante su voz poética): «Retumban en mi calabozo pisadas avanzando». Un sufrimiento ajeno observado por los seres civilizados como si aquel formara parte necesariamente del mecanismo del mundo, convirtiéndose en hijos históricos de Judas que venden la verdadera esencia de la humanidad por una bolsa llena de indiferencia, ignorancia y traición. Maneras de sumirnos en el sueño, de cerrar los ojos ante el dolor de nuestros iguales: «No arde el papel en lo que escribo, / arde lo que me escribe como una delación».

Y así, la historia se ha construido sobre los cadáveres de la humanidad, sobre las ruinas de la emoción primigenia o de la justicia filosófica: «vivos están los escombros de la historia entre calaveras de las fosas comunes, en campos de concentración y exterminio, en el espasmo congelado por la pena de muerte». Tanta es la muerte que crea la paz, que el poeta declara: «la Tierra es una tumba». Una tumba en la que en cada rincón se respira oscuridad e incertidumbre («podría ser una urna cineraria lo que mis manos sostienen delante de mi boca, pero es una copa»).

imagePara el poeta, la solución pasa por investigar el interior de nuestras almas como oscuridad que nos acompaña, no solo para enfrentarnos al gran vacío que se esconde en el transcurso de la vida, sino también para luchar contra ese instinto cercenador de vida que existe en todos nosotros y por el que la existencia de un sistema injusto es solo un síntoma de lo que aún falla en el ser humano.

Es un estupendo poemario, de gran profundidad y visión  holística, con un estilo sabio y  a la vez vanguardista. En él, encontraremos ecos de Juan Rulfo (y su fusión de vida y muerte), del surrealismo de Pablo Neruda y J. E. Adoum, de la obsesión por la naturaleza la muerte de Anna de Noailles, del malestar existencial de Manuel António Pina

Desde aquí os recomendamos este poemario que nos hará reflexionar sobre lo injusto de este mundo y sobre todo lo que aún está al alcance de nuestra mano para cambiarlo. Una vez más, una obra genial de Ángel Guinda.

Autor: Kike Hernández

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BIOGRAFÍA DE ÁNGEL GUINDA

Ángel Guinda (Zaragoza, 26 de agosto de 1948) es un escritor español, sobre todo es conocido como poeta, aunque su obra abarca géneros muy variados, desde artículos en periódicos y revistas, hasta el ensayo y la traducción. Reside en Madrid. Fundó la Colección Puyal de libros de poesía en 1977 y la revista Malvís en 1988. Ha publicado más de una veintena de libros y es coautor de la letra del Himno de Aragón. En 2010 fue galardonado con el Premio de las Letras Aragonesas.

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